Así vencieron la naturaleza y la ciencia a los colonizadores europeos que buscaban El Dorado

Cuando los colonizadores españoles llegaron a América, no descubrieron solo grandes civilizaciones, selvas que tocan el mar y una tierra rica en materiales y alimentos. Se encontraron, también, con rumores de ciudades de oro y otros metales preciosos. Estas historias despertaron la ambición de españoles y otros europeos, que se decidieron a cruzar el continente en búsqueda de El Dorado.

La leyenda de El Dorado cobró más fuerza a medida que los españoles fueron adentrándose en Colombia. Allí se hablaba de un cacique que poseía grandes riquezas y que, cada cierto tiempo, se sumergía en una laguna con su cuerpo recubierto de oro. Cuando por fin encontraron la laguna, perdieron la cabeza intentando desenterrar (sin grandes éxitos y desafiando en ocasiones la ciencia y la lógica) todos los tesoros sumergidos.

EL DORADO DE GUATAVITA

El lugar que despertó durante tantos años la imaginación de los colonizadores es la laguna de Guatavita. Se encuentra en el municipio de Sesquilé, a 75 km al nordeste de Bogotá. Y el cacique que se bañaba revestido de oro pertenecía al pueblo indígena de los muiscas. Este pueblo ha vivido en los departamentos colombianos de Cundinamarca, Boyacá y Santander desde el siglo VI a.C hasta la actualidad.

La leyenda cuenta que una cacica, cansada de las infidelidades de su esposo, se enamoró de otra persona. Cuando fue sorprendida junto a su amante, no pudo soportar las acusaciones del cacique y se lanzó a la laguna de Guatavita junto a su hija. Arrepentido, el cacique decidió lanzar ofrendas a las aguas para lograr su perdón. Se dice también que lanzaban sus tesoros como ofrenda a la madre naturaleza, una deidad femenina.

Lo cierto es que, durante generaciones, los muiscas realizaron celebraciones rituales alrededor de la laguna de Guatavita. Cada vez que se elegía un nuevo cacique, untaban su cuerpo de aceite y después lo cubrían de oro en polvo, de forma que quedaba totalmente dorado. Se subía a una balsa de madera y una vez que llegaba al centro de laguna se sumergía junto a sus ofrendas. El resto del pueblo, que asistía a la celebración a lo largo de toda la orilla, lanzaba también sus riquezas.


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∴ Imágenes | Flickr/Carlos Adampol Galindo

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