Las ballenas nunca olvidan (pero el cambio climático puede despistarlas)

Las ballenas azules pueden alcanzar el tamaño de una pista de baloncesto y el peso de 25 elefantes. Solo en su boca hay espacio suficiente para contener hasta 100 personas adultas. El mamífero más grande de la tierra alcanza este tamaño alimentándose de krill, un crustáceo que apenas alcanza los dos cm de longitud.

En algunos momentos del año, las ballenas llegan a consumir hasta 3,5 toneladas de krill al día. Un reciente estudio ha señalado que para encontrar reservas de alimento se fían, sobre todo, de su memoria. Algo que podría complicarse si las condiciones ambientales cambian de forma repentina a causa del cambio climático.

Rutas migratorias basadas en la memoria

Cada año, las ballenas azules realizan rutas migratorias en busca de alimento. Y, al contrario que otros animales, no se basan tanto en señales ambientales sino en la información que recuerdan del pasado para determinar a qué zonas acudir. Esta es la conclusión presentada en el estudio ‘Memory and resource tracking drive blue whale migrations’, publicado en la revista PNAS y realizado por investigadores de la Oregon State University y la NOAA.

La capacidad de crear rutas de migración basadas en la experiencia ya se había identificado en animales terrestres. «Sabemos que muchas especies que migran en la tierra, como el caribú en el Ártico o los ñúes en el Serengeti, aumentan su supervivencia ajustando cuidadosamente el ritmo y el calendario de sus migraciones para encontrar alimento a medida que se encuentre disponible en el camino, en lugar de solo migrando para ir del punto A al punto B», señala Briana Abrahms, ecóloga investigadora del NOAA y autora principal del estudio.

Sin embargo, ha sido más complicado detectar esta capacidad en criaturas marinas. Para conseguirlo, el equipo liderado por Briana Abrahms analizó datos resultantes de diez años de rastreo de 60 ballenas azules y los comparó con mediciones por satélite de la productividad del océano en la costa de California.

Esto permitió concluir que estos animales recuerdan dónde se suele acumular el krill y cuándo hay más abundancia, y trazan rutas anuales en función de sus expectativas. «Creemos que las ballenas azules han evolucionado para poder usar las rutas de migración históricas, y acercarse así a las áreas de alimentación de producción más predecibles. Luego hacen ajustes menores según las condiciones locales», explica Daniel Palacios, investigador del Oregon State’s Marine Mammal Institute y coautor del estudio.

La amenaza del cambio climático

Esta capacidad de recordar rutas de migración y los lugares con más abundancia de krill ha resultado de mucha utilidad para las ballenas a lo largo de la historia. Sin embargo, esta capacidad podría volverse en su contra si las condiciones climáticas y de alimento cambian rápidamente. Todo parece indicar que estos animales pueden tener dificultades para responder a las cambios bruscos de las condiciones ambientales históricas.

«Hay varias escalas temporales de eventos que podrían cambiar el momento de la floración del fitoplancton, y por lo tanto la disponibilidad de la presa preferida de las ballenas, el krill» señala Daniel Palacios. El investigador señala, entre otros, los efectos de La Niña y El Niño. Y es que en los últimos años se han registrado numerosos cambios en los océanos que han provocado que numerosas especies abandonen sus hábitats y se desplacen hacia otras zonas. Algo que puede afectar también al krill y, en consecuencia, a las ballenas.


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∴ Imágenes | Unsplash/Abigail LynnTyler Lastovich

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